lunes, 25 de junio de 2018

El Santo Papa austriaco que beatificó a su propio emperador...








Sorprende que nunca se haya comentado el hecho de que Su Santidad el Papa Juan Pablo II nació siendo ciudadano del Imperio Austrohúngaro, pues su ciudad natal, Wadowice, perteneciente al Gran Ducado de Cracovia, entonces parte de los territorios bajo soberanía de los Habsburgo integrada en el reino de Galicia, era conocida como Frauenstadt (la ciudad de las mujeres).

De allí era también vecino el máximo as de la aviación de caza imperial durante la Gran Guerra, Godwin von Brumowski, con 35 derribos confirmados de aviones enemigos, famoso por su monóculo (con el que corregía un defecto en la visión de su ojo derecho) y la aterradora calavera que lucía en su avión, cuyo apellido deja bien clara su pertenencia a una familia aristocrática de origen polaco, aunque él se sintiera muy identificado con la gran pluralidad y naturaleza multiétnica del imperio, y austriaco de corazón.

Cuando el bebé Karol Józef Wojtyla estaba a punto de cumplir los cinco meses de edad, el imperio, al borde del colapso tras cuatro años de devastador conflicto y liderado desde 1916 por el piadoso y competente emperador Carlos I de Austria, IV de Hungría y III de Bohemia, no tuvo más opción que pedir el armisticio a los aliados.

Los planes de Carlos I para convertir el Imperio en una confederación de naciones hermanas independientes unidas desde el punto de vista institucional sólo por la jefatura del estado y los vínculos comerciales, no interesaba para nada a los aliados, que se oponían radicalmente a la supervivencia de ese próspero y extenso imperio Austrohúngaro que soñaban con desmembrar y expoliar en su propio provecho... "¿por algo hemos hecho y ganado esta guerra, no?"...se preguntaban en las cancillerías de Rumanía, Italia y Serbia...

El imperio fue despedezado, como se sabe, a partir de 1918 por las fuerzas que, tanto desde dentro como desde fuera, ansiaban poner fin a ese primer compendio de diferentes nacionalidades europeas unidas. Entre los países que más forzaron la atomización del territorio austrohúngaro estaba el presidente norteamericano Wilson, para quien cada lengua, cultura o pueblo tenía que tener su propio estado independiente y promover la creación de una Sociedad de Naciones. (Aquello no dejaba de ser un astuto truco, porque si los grandes imperios occidentales se disolvían en una maraña de pueblos y países, al final, quedaría como gran potencia hegemónoca de Occidente el pañis más grande, poblado y poderoso, que no era otro que Estados Unidos, claro.

Ideales que el propio Wilson ignoró respecto de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, islas recién ocupadas a España apenas 20 años antes por su país (qué bonico es imponer a los demás preceptos que uno rechaza para sí mismo). Con este hombre hoy en el poder, España hubiera desaparecido como nación... menos mal que Alfonso XIII nos dejó fuera del aterrador conflicto mundial, pese a las presiones recibidas de uno u otro bando.

Prueba del tremendo impacto que supuso la disgregación en todos los órdenes para el Imperio Austrohúngaro, es que la propia capital imperial, Viena, tiene hoy día la mitad de habitantes, un millón menos, que hace un siglo, cuando estalló la guerra...

Abatido tras sus infructuosos esfuerzos por restaurar el antiguo Imperio en lo que a sus territorios se refiere, y traicionado por muchos de en quienes depositó su confianza, el bueno y capaz de Carlos I de Austria falleció de una neumonía en su exilio de Madeira (Napoleón había puesto de moda lo de exiliar a emperadores en islas). Sólo contaba con 34 años de edad.

Paradojas, o no, del destino, un antiguo súbdito suyo, quien accedió al papado como Juan Pablo II, sería el gran impulsor de su beatificación, acontecida en Roma el 3 de octubre de 2004, en reconocimiento a sus tentativas por poner fin a la guerra y promover las vías para la paz en 1917, a través de la mediación de sus cuñados los príncipes Sixto y Javier de Borbón-Parma, y por su apoyo a la mediación del papa Benedicto XV, así como por sus virtudes cristianas y sus profundas convicciones católicas.

Un episodio más del interminable baile de fronteras y nacionalidades propiciado por la Primera Guerra Mundial, y que hace que, por ejemplo, el alemán Manfred von Richtofen, el afamado 'Barón Rojo' y máximo as aéreo del conflicto con 80 derribos confirmados, sea considerado un aviador polaco desde que su ciudad de nacimiento, Breslavia/Breslau, pasara, por capricho de Stalin, a ser parte de Polonia con el nombre de Wroclaw...

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